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Puentes y calzadas: el futuro del dinero tokenizado

Pablo Grueso ·

Acueducto romano de arcos de piedra sobre un campo de trigo al atardecer

El 21 de septiembre de 2026 entró en funcionamiento Pontes, el sistema impulsado por el Banco Central Europeo para liquidar con dinero de banco central las operaciones de las diversas redes DLT (Distributed Ledger Technology, el término técnico con el que la regulación europea se refiere a las redes en las que se tokenizan valores).

Técnicamente hablando, Pontes no tokeniza el euro ni crea una blockchain del BCE, sino que es un puente que conecta esas redes con TARGET, la infraestructura en la que desde 1999 liquidan sus operaciones mayoristas las grandes entidades financieras. Aun así, es un movimiento crucial, por varios motivos.

Entregar y cobrar a la vez

El primero tiene que ver con algo elemental: en toda transacción se intercambia un bien por el dinero que refleja el precio acordado —lo que técnicamente se llama Delivery vs Payment, o DvP por sus siglas en inglés—. Desde que en 2015 surgió Ethereum, comenzaron a popularizarse las blockchain que permiten crear sistemas de transacción accesibles universalmente con una conexión a internet, a cualquier hora, y hacer los intercambios de forma instantánea, pero solo si el intercambio no implicaba un pago en dinero. En ese caso, el pago debía seguir corriendo por los raíles establecidos: transferencias bancarias, tarjetas de crédito, etc.

Esto supone que la inmediatez se pierde, porque un sistema es tan rápido como el más lento de sus eslabones, pero además aumenta el riesgo de la transacción: nadie quiere arriesgarse a pagar sin recibir, ni tampoco a entregar sin cobrar.

La solución tradicional ha sido utilizar un tercero de confianza que, a modo de escrow, custodie el dinero del pago y solo lo entregue al vendedor cuando el comprador verifica que el bien ha sido entregado. Pero eso reintroduce justo el tiempo, el coste y el riesgo que la blockchain prometía eliminar, cuando toda la innovación de blockchain es la eliminación de intermediarios.

Durante los años en que los bancos centrales trataron con desdén la tokenización, el mercado improvisó una solución: las stablecoins. Este dinero privado, emitido por fintechs, tiene dos ventajas fundamentales para este caso: mantiene la paridad con una moneda fiduciaria, como el dólar o el euro, gracias a las reservas en activos considerados seguros que respaldan cada unidad emitida, y vive en la blockchain, lo que permite intercambiar a la vez el pago y el bien tokenizado.

Pero una stablecoin no era dinero regulado —esto lo arregló la Unión Europea, que cuando se trata de regular muestra una gran diligencia, con el reglamento MiCA, publicado en 2023—, y aun regulado sigue habiendo una diferencia con el dinero de banco central. La principal es que, determine lo que determine un reglamento sobre las precauciones que debe cumplir una entidad privada, el dinero de banco central es el único que no depende de la solvencia de nadie: su emisor no puede quedarse sin euros, y un euro de banco central vale siempre un euro.

Pontes permite, precisamente, que sea el propio dinero de banco central el que se utilice en las transacciones tokenizadas. Y hay que reconocer a las stablecoins el mérito de haber asustado a los bancos centrales, las entidades más poderosas del mundo financiero: su utilidad amenazaba con desplazar el uso hacia un dinero más práctico, aunque con menos respaldo, así que se vieron forzados a actuar.

El segundo motivo es que Pontes supone la legitimación institucional de la tokenización, lo que sin duda impulsará muchas otras iniciativas de otros muchos actores del ecosistema financiero.

Puentes ahora, calzadas después

El BCE presentó Pontes el 1 de julio de 2025, junto con un segundo proyecto muy relacionado, Appia —en homenaje a la Vía Apia, la calzada que Roma empezó a construir en el siglo IV a. C. y que resultó fundamental para su expansión—. Pontes tiende puentes entre las diferentes redes DLT y el dinero de banco central que ya existe, mientras que Appia pretende diseñar un ecosistema financiero tokenizado e integrado, cuyo plan definitivo esperan presentar en 2028.

Para quienes trabajamos en tokenización, Pontes no cambiará mañana la forma de comprar o vender las acciones de un edificio, pero pone los cimientos para que, a medio plazo la pata del dinero circule por los mismos raíles que la del activo. Los mercados se construyen así: primero los puentes y calzadas, después el tráfico.

Aún no podemos afirmar con claridad cómo será un mundo financiero tokenizado, pero empiezan a quedar muy pocos argumentos para dudar de que lo será.

Como muestra de ese convencimiento, en 2025 se formó el consorcio bancario europeo Qivalis, que cuenta entre sus 37 socios con bancos de la talla de ING, BNP Paribas, ABN Amro o UniCredit, y una nutrida representación española: BBVA, CaixaBank, Banco Sabadell, Bankinter, Abanca o Kutxabank. Este consorcio, con sede en Ámsterdam, obtuvo del banco central neerlandés el pasado 13 de octubre la autorización como entidad de dinero electrónico, con la que espera emitir en los próximos meses su propia stablecoin en euros.

Tenemos así, en paralelo, al BCE conectando el dinero de banco central con la blockchain, para operaciones entre entidades financieras, y a Qivalis llevando a la blockchain dinero privado, emitido por una sociedad participada por bancos, para empresas, plataformas de pago y, a través de ellas, cualquier ciudadano. Hoy necesitamos ambos tipos de emisión, pero hace mucho que olvidamos cómo era convivir con billetes de distintos emisores, así que conviene hacer un pequeño ejercicio histórico para saber hacia dónde nos lleva el péndulo.

Volver a 1874

Entre 1844 y 1874 España tuvo pluralidad de emisores de billetes: bancos de Barcelona, Cádiz, Bilbao o Santander emitían sus propios billetes —denominados, a partir de 1868, en nuestras hoy nostálgicas pesetas—. El 19 de marzo de 1874, un decreto del ministro de Hacienda José Echegaray —sí, el futuro premio Nobel de Literatura, porque hubo un tiempo en que los ministros escribían bien— acabó con aquello y concedió al Banco de España el monopolio de los billetes.

No es que aquel sistema estuviera libre de problemas, pero no fue eso lo que lo cerró, sino la urgencia del Tesoro: el privilegio se concedió a cambio de un crédito cuantioso a un Gobierno que andaba apurado financiando la tercera guerra carlista.

Los bancos provinciales tuvieron que elegir entre integrarse en el Banco de España o seguir como bancos comerciales, sin derecho a emitir sus propios billetes. Los bancos de Bilbao y Santander, entre otros, eligieron lo segundo.

Para ser precisos, los bancos nunca han dejado de crear dinero: cada hipoteca que conceden crea un depósito, y un depósito es dinero privado. Lo que abandonamos en 1874 fue la competencia entre billetes de distintos bancos, cada uno de ellos un pasivo de su emisor que circula de mano en mano sin pasar por los libros de quien lo emitió. Eso es, exactamente, una stablecoin.

Ciento cincuenta y dos años después, BBVA, heredero del Banco de Bilbao, es socio de quien volverá a emitir ese tipo de dinero, y el Santander se conecta al puente del banco central.

Estas ironías de la historia son las que me llevan a recomendar siempre mirarla con cierta memoria, porque los beneficios que hoy abrazamos con entusiasmo —dinero programable, disponible en cualquier momento, competencia entre emisores— probablemente nos traigan de vuelta problemas que ya habíamos olvidado.

El primero tiene nombre técnico, la unicidad del dinero: que un euro valga un euro lo emita quien lo emita. En los EEUU de la banca libre del siglo XIX se publicaban boletines con el descuento al que cotizaba el billete de cada banco según su solvencia y su distancia. El segundo, el pánico: en marzo de 2023, USDC, la segunda stablecoin del mundo, cayó unas horas por debajo de 0,90 dólares al saberse que parte de sus reservas estaba atrapada en Silicon Valley Bank, un banco estadounidense que acababa de quebrar. El tercero es la pregunta de siempre: quién responde cuando el emisor falla.

Echegaray no cerró aquella puerta por los problemas de los emisores privados, sino por necesidad del Tesoro, pero nosotros la reabrimos hoy por necesidad de respuesta a nuevos desafíos ante los que los bancos centrales no reaccionaron con prontitud. En 2019 se opusieron firmemente a Libra, el proyecto de stablecoin de Facebook, mientras ahora andan corriendo para diseñar las nuevas calzadas sobre las que circule el dinero del imperio y evitar que los emisores privados los desplacen. La diferencia es que esta vez contamos con siglo y medio de memoria sobre lo que puede salir mal, y sería imperdonable no darnos por avisados.

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