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Petróleo, IA y tipos de interés
Pablo Grueso ·

El 6 de octubre de 1973 Egipto y Siria atacaron a Israel, aprovechando la fiesta judía del Yom Kippur, que a la postre dio nombre a la guerra. Egipto quería recuperar el Sinaí y Siria pretendía recuperar los Altos del Golán, territorios que habían perdido en conflictos precedentes contra Israel.
Contra todo pronóstico, Israel contraatacó, consiguiendo frenar primero a Siria y llegando a posicionar a sus tropas al oeste del canal de Suez en el frente con Egipto, a pesar del apoyo de la URSS a estos países. EEUU salió en auxilio de su tradicional aliado y le entregó ingentes cantidades de armamento para librar su guerra.
Pero lo que hoy nos trae aquí fue la reacción de los países árabes a esta decisión de EEUU, ya que por primera vez utilizaron con éxito el petróleo como medida de presión. La OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo) elevó fuertemente el precio del barril, y además la OAPEC (Organización de Países Árabes Exportadores de Petróleo) impuso un embargo a EEUU y otros países que colaboraban con Israel.
El resultado fue que el barril de petróleo pasó de cotizar de 2,90 USD a 11,65 USD, lo que suponía multiplicar por cuatro un elemento que estaba presente de una u otra forma en toda la economía: desde impulsar el transporte a formar parte de elementos plásticos, o servir de materia prima para productos químicos y fertilizantes.
El asunto es que el petróleo es un producto de demanda inelástica, es decir, no es fácilmente sustituible por otras alternativas, de manera que cuando su precio aumenta las industrias tienen solo dos alternativas, o una mezcla de ambas: absorber el aumento de costes —reduciendo sus márgenes— o trasladar esos nuevos costes al precio de los productos, lo que hace aumentar la inflación —o mejor dicho que esta se manifieste, pero ese es un tema en sí mismo y ya hemos hablado de ello anteriormente—.
Es sencillo imaginar la magnitud del impacto inflacionario con una subida del petróleo del 300% en tan poco tiempo. Pero es que además la economía estadounidense ya venía arrastrando problemas de inflación debido a un fuerte crecimiento económico durante los años 60, junto a un elevado gasto público —especialmente influido por la guerra de Vietnam—, y una política monetaria expansiva por el progresivo abandono del sistema de Bretton Woods —el sistema monetario creado en 1944 para controlar el previsible caos económico tras la Segunda Guerra Mundial, y donde se establecía un cambio fijo de 35 dólares USA por onza de oro. Por cierto, hoy la onza de oro cotiza a 4.385 USD—.
Es decir, ya veníamos con una situación inflacionista, cuando apareció un shock petrolero con el que no se contaba, y que es un suceso que tiene su propia identidad económica. En una recesión normal la demanda cae, la producción cae, los salarios caen y los precios caen. Como fichas de un dominó van cayendo secuencialmente y se equilibran. Pero cuando es el petróleo quien genera los problemas, se dan simultáneamente una subida de costes y una reducción de la producción, generando inflación y estancamiento económico. Una tormenta perfecta acuñada como estanflación.
Y aquí viene la clave de todo, el problema de expectativas: como los precios suben, los trabajadores reclaman que sus salarios suban al menos de forma proporcional para mantener el poder adquisitivo. Pero si los salarios suben, las empresas tienen que volver a subir los precios debido a esos mayores gastos, y se genera un círculo vicioso conocido como espiral inflacionista persistente en el tiempo.
En ese escenario los bancos centrales están atrapados —especialmente la Reserva Federal USA, que tiene el doble mandato de mantener controlada la inflación y también el empleo—, pues si bien lo que toca para romper la espiral inflacionista es subir los tipos de interés, para frenar la demanda y con ello hacer retroceder los precios, cuando tenemos una estanflación la producción ya se ha resentido y el desempleo está alto. Subir los tipos en ese escenario reducirá aún más la producción y se destruirá aún más empleo. Hay que elegir cuál de las dos variables que la Fed se ha comprometido a proteger se van a saltar.
Para que nos hagamos una idea de la dimensión del problema, en 1972 la inflación era del 3,3%, en 1973 el 6,2% y en 1974 el 11%, con un pico del 12,3% en diciembre de 1974. Con estas subidas de precios, aunque la producción se estuviese resintiendo, los trabajadores reclamaban que sus salarios se actualizasen para no perder poder adquisitivo.
Entre 1975 y 1978 la inflación se relajó moderadamente, moviéndose entre el 9,1% y el 5,8% —que seguían siendo cifras muy altas—, pero fue generando un desgaste enorme en una población que llevaba más de seis años aguantando subidas de precios fuertes y constantes. Pero como todo lo que va mal es susceptible de empeorar —y a veces las cosas tienen que romperse del todo para que aceptemos el coste de arreglarlas—, en 1978 estalló la Revolución Islámica en Irán y generó otro shock petrolero, que elevó el precio desde los 13 USD a 34 USD por barril.
Nota: paradójicamente la revolución iraní vino derivada de la enorme cantidad de dinero que ganó Irán a causa del aumento de precios de 1973. Pero esa historia quedará para otro día.
La inflación de 1979 fue del 11,3%, la de 1980 se situó en el 13,5% y la de 1981 en el 10,3%. La sociedad estadounidense llevaba una década de espiral inflacionista que era necesario romper, y en ese momento entra en escena Paul Volcker, quien había sido nombrado presidente de la Reserva Federal en 1979.
Volcker fue un gran reformista de la política monetaria, y asumió que el objetivo de la Fed que se iba a sacrificar sería el empleo, pues argumentó que con una alta inflación el objetivo de empleo era insostenible a medio plazo. Y subió los tipos de interés. Mucho. Todo lo que fuese necesario para detener la economía de los EEUU. En 1981 los tipos de interés se situaron en el 16,4% y en 1982 en el 12,3%, lo cual correlacionó con los bonos a 10 años, que estuvieron pagando un 13,9% y 13% respectivamente.
Su plan funcionó tal como estaba previsto y a finales de 1982 la inflación se encontraba ya en torno al 4%, y la Reserva Federal ganó muchísima credibilidad por su firmeza en la contención de la inflación, a pesar del enorme coste político y social. El desempleo subió del 7,4% al 10,8% —cifras que supondrían una celebración en España, pero que para EEUU son elevadísimas—, y en determinados sectores golpeó muchísimo más fuerte: en la construcción alcanzó el 22% y en el sector automovilístico un 24%.
Y si sumamos un alto desempleo, con una reducción del salario medio en torno al 10% en términos reales, con hipotecas a un tipo de interés entre el 15 y el 18%, podemos imaginar el grado de impacto en las economías y dinámicas familiares de aquellos años. De hecho, aquello supuso la quiebra de las Savings & Loan, una especie de cajas de ahorro especialistas en hipotecas, que tenían concedidos sus créditos antiguos al 6-8% y que de repente tenían que remunerar los depósitos al 15-20%.
El S&P 500 —el principal índice bursátil estadounidense, que representa 500 de las empresas cotizadas más importantes— perdió un 48% entre 1973 y 1974, y en términos reales el índice no recuperó los niveles de 1968 hasta 1992. Veintitrés años de trabajo ahorrando para quedarte igual.
Y aunque hemos centrado este resumen histórico en EEUU, por ser la mayor economía global, también es interesante echar un vistazo a la forma en que gestionamos la crisis del petróleo en España. La inflación española rondó el 26% en 1977 y bajó al 16,5% en 1978 y al 15,6% en 1979, y no bajó de dos dígitos hasta 1985.
En nuestro caso no tuvimos un Paul Volcker que subiese los tipos de interés de forma decidida, pero tuvimos un ministro de Economía, el profesor Enrique Fuentes Quintana, quien tres días después de ser nombrado en 1977 dio un discurso televisado en horario de máxima audiencia, que nos retrotrae a la época en que los políticos podían hablar a los ciudadanos como si estos fuesen adultos.
Para evitar que la situación económica hiciese descarrilar una recién nacida democracia —que ya se encarga ella misma de tambalearse sin ayuda de nadie—, el 25 de octubre de 1977 se firmaron los Pactos de la Moncloa que, entre otras muchas cuestiones, cambiaron la regla de negociación salarial: la revalorización salarial pasó a fijarse sobre la inflación prevista en lugar de sobre la pasada. El paro pasó del 5% en 1977 a más del 21% en 1985, y los salarios serían quienes absorberían el golpe. Lo de siempre, se maquille más o menos el proceso.
Dado que, como reza una de las múltiples frases atribuidas a Mark Twain, “la historia no se repite, pero rima”, una vez situado el precedente del shock petrolero de los 70, queda plantearnos hasta qué punto estamos viviendo una situación similar. Por lo que pudiese avisarnos el pasado sobre nuestro futuro.
El 28 de febrero de 2026 EEUU e Israel iniciaron “formalmente” la guerra de Irán, en la que están encontrando muchas más dificultades de las que previeron. Una de ellas ha sido la afectación del comercio petrolero mundial, dado que el golfo pérsico sigue suponiendo alrededor del 25% de la producción mundial.
Y al cierre del estrecho de Ormuz que lleva estrangulando la circulación de barcos desde hace meses, tenemos que sumar que los hutíes de Yemen —aliados de Irán— han conseguido tomar y bloquear el estrecho de Bab el-Mandeb —el otro estrecho de la península arábiga—. Como Arabia Saudí se temía que esto pasase en algún momento, construyó un oleoducto de 1200 km que atraviesa horizontalmente la península, conectando el Golfo Pérsico con el Mar Rojo. Pues alguien —no hay reivindicación clara— ha atacado con drones ese oleoducto también y se ha detenido el flujo de petróleo.
EEUU tiene su propio suministro, pues desde que popularizó el shale oil es exportador, y además se ha asegurado 65.000 millones de barriles venezolanos. China está comprando el petróleo ruso, que tras invadir Ucrania tiene los clientes potenciales bastante limitados. Y luego queda Europa, que no tiene suministro propio y a quien Arabia Saudi ha notificado esta semana que ya no podrá servir los 577.000 barriles diarios que importamos de su país.
Es cierto que no estamos en la misma situación que en 1973. Muchas cosas son diferentes. También tenemos una guerra enquistada, aunque esta vez sea Ucrania y no Vietnam. También tenemos una situación inflacionista, donde en 2022 llegamos a vivir un pico del 10,6% en la zona euro, niveles que no veíamos desde hacía décadas.
Pero ahora además tenemos el mayor endeudamiento público sin estar en guerra. Esto dificulta enormemente frenar una espiral inflacionista mediante fuertes subidas de tipos de interés, pues el coste de los intereses se dispararía —ya dijimos la semana pasada que devolver la deuda ni nos lo planteamos, pero al menos los intereses sería conveniente no refinanciarlos completos—. Esta semana la Reserva Federal subió los tipos 25 pb, hasta el 4%, por tener una referencia.
Y además tenemos a la Inteligencia Artificial. La gran revolución tecnológica de nuestro tiempo está compitiendo con los Estados para financiar con deuda sus mastodónticas instalaciones y Data Centers, con un importe que alcanza los 570 mil millones de USD.
Lo más curioso del asunto de la IA es como periódicamente se encargan de advertir a la opinión pública, y de paso a los Gobiernos, del enorme peligro que supone la tecnología que fabrican. Los empresarios habitualmente tratan de minimizar el peligro de las actividades que realizan, mientras Dario Amodei y Sam Altman están empeñados en ser percibidos como peligrosos. Probablemente porque saben que no podrán pagar su deuda y tendrán que ser rescatados por el Estado, emitiendo aún más deuda, bajo el argumento de que sus capacidades podrían amenazar a la seguridad nacional y forman parte estratégica del futuro del país.
En los EEUU de 1982 el ajuste se cobró en paro. En la España de 1977 se cobró en salarios, pero al menos hubo un pacto, un discurso y alguien que dio la cara. En 2026, con una inflación al 4,3% y que ya empieza a subir, se volverá a cobrar en salarios, pero sin pacto y sin Fuentes Quintana.

